¿La diferencia? Un dólar.

A lo largo de los años en que he servido en la cocina y detrás del mostrador de un negocio , he aprendido una cosa: Uno nunca se sabe quién está por cruzar la puerta principal del negocio y mucho menos a quién tendremos la oportunidad de atender y recibir….
He tenido la oportunidad de servirle a la familia, a mis amigos, grandes empresarios, ex presidentes, ministros, la Primera Dama de la república, gente con dinero y sin el, hasta personas descalzas, en fín gente de toda clase, credo y religión.
Hace algunos años atrás tuve el chance de conversar con un señor de ascendencia alemana, era ya mayor, de alrededor de unos setenta y cinco a ochenta años, pelo canoso muy blanco, de piel agrietada por el tiempo, y de ojos color celeste que de alguna manera, conservaban la chispa y daban la sensación de ternura y amabilidad al mismo tiempo. Su nombre George, no recuerdo su apellido.
Me contó la primera vez que conversamos que fue Sous-Chef del Waldorf Astoria en Nueva York, y yo como daba mis primeros pasos en la cocina en esos años, estamos hablando de los finales de los años noventa, logró cautivarme con sus historias y anécdotas de chefs, banquetes, salsas, hornos, tortas y demás manjares que se hacían en el hotel, pero un momento…, ¡no era cualquier hotel!, era ¡el Waldorf Astoria! ¿Qué posibilidades había en que un joven incipiente de la cocina como yo lo era, conociera a una persona como él? – No lo sé. De fijo no fue una casualidad.
De ahí nació una gran amistad, y cada tanto venía a visitarme y a probar el Apfel Strudel, la torta Mozart, la Ópera, y demás postres que yo hacía en aquellos años en la cocina de Low Calories; el restaurante de mi mamá, donde me inicié.
Me decía, que le hacía recordar su estancia en el hotel y que era un amante de los postres y del café. Si mal no recuerdo, nos visitó en varias oportunidades, incluyendo Thanksgiving, fecha muy celebrada por los estadounidenses.
La amistad trascendió más allá del mostrador y en una oportunidad, quedé en pasar por él a su casa en Desamparados. De ahí nos enrumbamos al Oktoberfest en el hotel Marriot, en San Antonio de Belén. Sus conversaciones giraban siempre en torno a la pastelería, la cocina, y panadería europea. Me decía, fíjate como sirven los platos, como presentan las cosas, mirá esa carne – me decía- su término, fíjate en su color…
Ese mismo día conocí la cocina del Marriot, no sé como pero entramos “hasta la cocina”, literalmente. Recuerdo que reconoció a una persona parte del staff quien nos invitó a pasar. Fue una experiencia maravillosa inolvidable para mi, ya que por esos años había perdido a mi Nonno Luciano, y sin lugar a dudas, George me recordaba el tiempo que pasaba con mi abuelo escuchando sus historias y anécdotas.
Al tiempo me enteré me enteré que enfermó gravemente y murió. Me dolió mucho escuchar de su partida, ahora sé que de seguro seguirá haciendo salsas y tortas para los banquetes en las cocinas celestiales, y de seguro seguirá compartiendo sus historias con quienes tengan la curiosidad de escuchar y aprender de un viejo chef alemán.
Hace unos días atrás conocí a Raymond, panadero norteamericano de Wisconsin, pensionado, de unos setenta a setenta y cinco años que ha visitado en dos ocasiones nuestro establecimiento en Barrio Escalante.
Comenzó a conversar sobre su niñez, de los bollos de pan que acostumbraba comer solo los domingos en la iglesia, habló de su abuela y cómo siempre les cocinaba a él y sus hermanos, de quienes eran los mejores; que si los franceses o los italianos… pero que no dejara por fuera a los los alemanes! -le comenté, haciendo memoria de George. Hablamos de panes, panettones, postres, y salames, en fin… todo esto en cuestión de diez minutos, y tuve la sensación que volví a estar con George…como que tuve un guiño de su parte.
Cuando vió los Panettones que hicimos en Casa Dominga, inmediatamente lo tomó y dijo -¡este es de verdad!, lo sé por su peso, ¡dáme uno! Nos despedimos, agradeciéndole su visita y el aprecio por nuestros productos, y justo cuando estaba a punto de retirarse, se volvió y me dijo – By the way Ricardo, do you know the difference between a Cake and a Torte? -Mmmm… Not really, tell me… – Le contesté. – You can always charge one more dollar for a Torte!
- –Ricardo.